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Sala IV

Presentación

En esta sala se localizan las obras de Evaristo Valle y Nicanor Piñole que muestran el diferente posicionamiento estético de ambos autores a la hora de afrontar el mundo rural asturiano.

Ambos están insertos en la primera generación de pintores asturianos del siglo XX y fueron los responsables de la renovación de la pintura asturiana, conectándola con las distintas corrientes que dominaban el panorama europeo de principios del siglo XX.

Los dos nacieron en Gijón y tomaron la decisión de dejar su ciudad natal para ampliar su formación, Valle en París y Piñole primero en Madrid y después en Roma. Tras recibir información directa sobre los derroteros por los que discurre el arte europeo en el siglo precedente y a principios del que comienza, ambos regresaron a Gijón, en la segunda década de siglo.

Obras

EVARISTO VALLE (Gijón, 1873-1951)

- Lapromesa_1905.jpgLA PROMESA, 1905

Óleo sobre lienzo
Donación del autor

Evaristo Valle, de formación autodidacta, residió en París, entre 1896 y 1900, donde trabajó como litógrafo, realizando ilustraciones para cuentos, carteles, etc. En esta ciudad, a la que regresa en otras dos ocasiones, entabló amistad con el dibujante Daniel Urrabieta Vierge y entró en contacto con las diferentes propuestas post-impresionistas. Su pintura extraordinariamente imaginativa, capta la esencia del color y la atmósfera del paisaje asturiano.
En La promesa, obra que Valle pintó para cumplir con las condiciones fijadas por el Ayuntamiento de Gijón para la concesión de una beca, se observa la influencia de Zuloaga, pintor al que Valle conoció a través del crítico Bonafoux. La composición descentrada, la energía de las siluetas y la caracterización de los tipos están inspiradas en el pintor vasco con un fondo de paisaje asturiano que algunos autores han identificado como Noreña.


- Losnovios_1918.jpgLOS NOVIOS, 1918


Óleo sobre lienzo
Legado Alberto Paquet

Apacible escena, de exquisita sensibilidad, en la que una pareja de jóvenes comparten protagonismo con la calidad nostálgica del paisaje y el matiz envolvente de los valles.
El fondo paisajístico revela un cierto influjo simbolista, también evidente en otras obras de la misma época, en las que las figuras, tratadas de forma expresiva, se funden con una naturaleza de la que forman parte y que justifica su existencia. Se trata de una visión en la que Valle hizo suyas las palabras de Valle Inclán, captando la esencia que perdura en el recuerdo de una naturaleza intensamente vivida. Le interesaba el acorde y la emoción de la luz y el color, buscando los contrastes entre la iluminación uniforme de un día encapotado de esta obra y la fuerza lumínica del rayo de sol que se filtra entre las nubes del cuadro de La promesa. Las figuras no responden a un retrato individualizado, sino a su interés por representar los distintos arquetipos en los que se diversifica la humanidad, que cristalizan en unas figuras cuyos gestos, maneras y actitudes expresan a la vez lo temperamental y lo ambiental.

NICANOR PIÑOLE (Gijón, 1878-1978)

- Lavueltadelaromeria_1915.jpgLA VUELTA DE LA ROMERÍA, 1915

Óleo sobre lienzo
Legado Alberto Paquet

Nicanor Piñole, pintor de formación académica, cursó estudios en Madrid y más tarde en Roma, donde completó su formación artística. Su pintura se caracteriza por una extraordinaria sobriedad de medios, su rigor en el dibujo y la composición y una exquisita sensibilidad cromática.
En esta obra, que figuró en la exposición celebrada en el Real Club Astur de Regatas en 1915, recrea el regreso de los romeros campo a través de la romería de la Sacramental que se celebra en Perlora cada primer domingo de agosto. La escena transcurre al atardecer sobre un fondo de paisaje en el que se reconocen los distintos elementos topográficos de la costa del Concejo de Carreño y en el que el autor demuesta su excelente condición de paisajista.
Los grupos de figuras se organizan en diferentes planos que van marcando la profundidad del cuadro, con un sentido ascendente y serpenteante. Sobre ellos, se destaca el grupo familiar que va en cabeza.
La caracterización de los personajes obedece a la misma vocación realista que se pone de relieve en el tratamiento del paraje natural. La escena se desarrolla bajo una luz difusa y mortecina que apenas produce sombras ni contrastes. Es un atardecer prematuramente oscurecido por un cielo encapotado, que concede a la obra cierto dramatismo. La uniformidad cromática, dentro de una depurada gama de verdes y grises, únicamente se ve rota por una nota discordante en la figura que ocupa el centro de la composición, de tratamiento más abocetado y expresionista.